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“Remota y desconocida.

Fascinante y sorprendente. Difícil. Irrepetible.

Una vez conocida, inevitable. Salvaje. Auténtica. Sin aditivos.

Que corta la respiración. Única. Svalbard.”

 

De esta forma le describí a una amiga mis impresiones a la vuelta del viaje.

Sin embargo, antes de ir, este viaje generó reticencias en mi entorno…

 

–Longyearqué??

–Longyearbyen, capital de Svalbard. –Repetí, armándome de paciencia.

–¿Y qué se te ha perdido allí? –Insistió mi madre.

–Es el sitio habitado más septentrional del planeta.–Argumenté.

–Pues si más arriba no vive nadie, será por algo… –Sentenció la mujer, con ese tono que emplean las madres para hacerte sentir culpable de algo que aún no has hecho.

Desde aquí partieron las expediciones que intentaron (y finalmente una lo logró) llegar al Polo Norte. Pero lo cierto es que Roald Amundsen le traía sin cuidado a mi madre; ella es una firme creyente de que no hay nada por ahí fuera que no pueda encontrar (y mejor) en el barrio.

 

 

–Te vas a marear como Dios. –Dijo mi padre negando con la cabeza.

–Me han dicho que en un par de días te habitúas al vaivén del barco. –Intenté negociar con él.

–Como experiencia estoy de acuerdo en que es única, pero te vas a marear… –Sentenció el hombre.

La verdad es que tampoco convencí a mi padre de que recorrer la parte Noroeste del Archipiélago de las Svalbard en una goleta, fuera una gran idea. Y, por supuesto, me mareé como Dios.

 

 

–Al menos, si está tan al Norte, seguro que vas a ver auroras… –Otorgó mi hermana.

–En Mayo hay 24 horas de Sol. Imposible ver auroras. –Reconocí con la boca pequeña.

Que la fotografía de paisaje nocturno fuera una de mis favoritas, no hacía que esta época del año fuera la mejor elección posible.

 

 

–No me gusta lo de los osos polares. Ten cuidado, no vaya a ser que te confundan con una foca y les entre ganas de probarte.–Dijo mi ex con franca preocupación.

–Ese es uno de los alicientes. Hay más de tres mil osos polares, más que personas. Con un poco de suerte, igual veo alguno.– Le expliqué con ilusión y esperanza.

Volví del viaje sin ver ninguno.

 

 

Pero, pese a todo, el viaje había superado mis expectativas, les dije a la vuelta; y les enseñé estas fotos. Aunque confieso que ninguna de ellas huele a mar como la brisa de proa. No hay ninguna foto que te haga escuchar el sobrecogedor silencio frente al glaciar, que se rompe, de tanto en tanto, a golpe de derrumbes. Desde luego, el agua de las imágenes no es tan pura; ni el aire tan limpio; ni el viento tan frío…

 

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